Junio 2025: La Mercancía
Mercancía es todo aquel elemento (tangible o intangible) que se compra o se vende en el mercado. Ese elemento tiene un valor estipulado para el intercambio (que habitualmente es dinero). Como tal valor en el mercado, está sujeto a un precio que puede estar en alza o en baja, dependiendo de lo que determine el Mercado de Valores.
Vivimos en una Humanidad mercantilizada, al punto que el propio ser humano se ha convertido en una mercancía: compra y vende placer, por ello la industria del sexo es una de las más cotizadas; compra y vende sus afectos en la moneda de la posesión; compra y vende su fuerza de hacer, producir, a través del trabajo; compra y vende los favores de los Dioses a través de sus ofrendas y diezmos. Podemos decir que ha encarnado en todas las dimensiones de su Ser el dicho popular: “tanto tienes, tanto vales”.
¿Se ha sentido alguna vez mercancía? ¿Quién no ha mercadeado con otro que se siente mercancía?
Ante este panorama de uso y abuso, proponemos que cada uno pueda decirse:
“No soy una mercancía.
Yo soy una necesidad de existir en el Universo. Existo como una necesidad. Y, en consecuencia, alguien me necesita. En consecuencia, soy un servidor.”
Soy un ser de necesidad, tengo algo para ofrecer, cuyo valor no es medible ni pesable. A la vez, necesito de mi entorno lo que otros ofrecen. Es consustancial con la vida el intercambio.
Lo que no es consustancial con la vida es que este intercambio se haga una compra-venta, implique un beneficio y una renta, satisfaga un egoísmo. Todo ello, lo ha instaurado el ser humano al tratar de poseer, allí cambia su relación con todo, deja de ver el espíritu en todo lo que le rodea, y todo lo convierte en COSA. Le ha quitado el ánima, le ha instaurado un valor posesivo que se regula según su interés. Se ha sentido dueño y acaba siendo él mismo, una “cosa”.
Por tanto, podemos comenzar preguntándonos: ¿qué necesito en realidad? Así podemos comenzar a depurar aquello que se ha convertido en necesidad por un consumo superfluo, porque el mercado nos crea necesidades, para que a su vez necesitemos producir más para lograrlas, y así ser una mercancía de fuerza de trabajo. Si se plantea “necesito una casa”, quizás el resultado como necesidad es completamente diferente a “necesito dinero para comprar una casa”.
En segundo lugar, darse cuenta que el “valor” sujeto a la alza y baja, es arbitrario, es impuesto por circunstancias e intereses, por tanto, relativo. Proponemos contemplar las cosas que les damos valor y quitarles el valor por un momento. Ver “la cosa en sí” en su utilidad y su necesidad, sin criterio de valor. Si me dejo guiar por la necesidad y el servicio, el valor que tienen las cosas es el mismo. Vale lo mismo un diamante que arreglar una tubería. Es decir que el valor de todo es el 100%.
Si anulamos el concepto de valor en alto y bajo –porque todo en su necesidad y servicio es el 100%- desaparece la mercancía. Y también, a propósito del valor, en vez de atribuir valor a las cosas, ser valiente, tener valor para respetar, hace falta valor para sonreír en la contrariedad. Tener una serie de VALORES que nos orienten, que nos sirvan de sistema de referencia, que nos den la valentía de decir “no soy una mercancía, sé que el mundo funciona de esta manera, pero puedo ver cuando me engañan, cuándo me mienten, y tengo argumentos para reclamar otra posición. Y para ello, es necesario que haya cultura, una cultura revolucionaria y espiritual, una cultura que cree información, formación, opinión y generación de criterios. Una cultura en base al arte, que recoja la esencia del ser humano y entienda el porqué de lo que acontece. Una cultura que nos lleve a una relación interhumana en la que dejemos de ser mercancía.

