Marzo 2026: Herencia y Entorno
Dos conceptos que, desde el Humanismo Sanador, podemos darles varias dimensiones de explicación que nos permiten una revisión de nuestro ser y estar.
El Diccionario nos dice que herencia es el conjunto de bienes, derechos y obligaciones, que al morir alguien, son transmisibles a sus herederos o legatarios. Entorno: es ambiente, lo que rodea.
Curioso es que la palabra herencia en su raíz significaba “dejar ir, liberar” y se contaminó por su similitud con “cosas que están adheridas, que no se pueden quitar”, en definitiva, posesión.
También, en un sentido más amplio, es una palabra que alude a nuestra identidad, a aquello que viene de antes y que nos influye, ya sea a nivel familiar, cultural, genético. Y a su vez, ese ser va forjando su identidad entre lo que trae y el entorno donde se desarrolla, que también le influye. Mucho se ha hablado de la interacción de estas dos palabras: desde la idea que el ser humano es bueno por naturaleza y el medio lo corrompe; que el medio es capaz de perfeccionar aquello que viene mal encaminado; que la herencia es un destino fatídico que inevitablemente se va a expresar; que lo que traemos se activa o desactiva según las influencias del entorno (epigenoma). Estas ideas conviven en un ser a la hora de preguntarse “¿quién soy?”, generando contradicciones y una idea limitada de lo que ES.
Desde el Humanismo Sanador, cuando nos preguntamos ¿Quiénes somos?, nuestras referencias se amplifican. Somos seres gestados por lo Eterno, en el infinito, somos habitantes del Universo. Residimos en el planeta Tierra, es decir que nos hemos concretizado con unas características que son gestadas y mantenidas desde y en el infinito. Y estamos aquí para cumplir una función que es expresión de ese infinito.
Desde esta perspectiva, nuestra herencia no es material, ni tampoco basada en las relaciones que establecemos a nivel humano, sino que provienen de ese universo infinito, por tanto, nuestras capacidades son ilimitadas.
Si a su vez, nos manifestamos en esta realidad terrestre como una necesidad, de esa Fuerza Infinita, para cumplir una función, el entorno en el que surgimos es el necesario para irnos posibilitando esa expresión, a la vez que nosotros seremos entorno que posibilitará a los demás realizarse. Si cada uno, es capaz de descubrir sus dones, virtudes, y ofrecerlas, ofrendarlas al entorno, cada ser se va a sentir completado, en esta dimensión de la Vida que nos hacer interpendientes, necesarios y necesitados de todo lo vivo.
Esta idea de lo que somos, nos lleva a darnos cuenta que la Humanidad ha evolucionado hacia una consciencia limitada: concibe la Vida como nacer, crecer, reproducirse y morir, eso le ha llevado a un deterioro tanto físico como anímico, al punto de considerar a la enfermedad como parte consustancial de la vida; y le lleva a una convivencia basada en la violencia, en la lucha, en una guerra permanente. Todo ello es consecuencia de haberse planteado su identidad de forma limitada, por lo que la vida se convierte en algo de lo que hay que protegerse.
Perdemos la referencia de esa Herencia de Universo, infinita, y nuestro entorno se vuelve hostil, necesitaos protección, necesitamos acorazarnos.
Somos seres que nacemos con capacidad de conectarnos con la vida a través de nuestros impulsos vitales, como el amor que nos une y nos vincula a los demás, con la libertad de ser lo que somos, con la necesidad de aprender, y la creatividad como necesidad de expresión. Necesitamos del afecto de nuestro entorno, y a la vez, poder expresar y dar cauce a nuestro sentir. Pero desde muy pequeños, empieza a establecerse un conflicto entre las normas y costumbres que nos van imponiendo, y la posibilidad de expresarnos en nuestra esencia. Por la necesidad de ser amados, de “hacerlo bien”, vamos reprimiendo nuestra autenticidad y aprendiendo a simular, a representar personajes para lograr la aprobación. Vamos creando corazas.
Este concepto ha sido desarrollado y bien fundamentado por un psicoanalista de principios del siglo XX llamado Wilhelm Reich, que estableció siete segmentos en el cuerpo, donde las emociones impactan en la estructura física y la vuelven rígida, inflexible, a modo de protección, pero que a la vez impiden que la energía vital circule adecuadamente.
Desde el punto de vista Humanista, cuando vemos esas corazas en la Humanidad, descubrimos que generan una consciencia limitada porque acorazan nuestras creencias, nuestro lenguaje, nuestra percepción de la vida, nuestros sentires, nuestra capacidad de gozo.
Actuar sobre ellas es necesario, si queremos recuperar nuestras capacidades ilimitadas.
Y la sugerencia que aquí dejamos, puede parecer muy sencilla, pero si la practicamos cada día, de seguro estaremos convirtiendo, sin combate, aquello que nos limita.
Prestar más atención a nuestras corazonadas.
Sí, ese pálpito, esa intuición, que no sé de donde viene, pero como su nombre indica, el corazón se ha manifestado. Corazón, que, para la Tradición Oriental, es la residencia del Espíritu (infinito), albergue de nuestros sentires (que expresan el infinito) y que, con un ritmo sin fin, nutre de sangre cada rincón, llevando la alegría de estar vivos, el alimento de la tierra y de la respiración, recogiendo lo que ya no sirve para que no se estanque, reciclando nuestras ilimitadas opciones.
Esas corazonadas, nos llevan a recuperar nuestros ideales, esos que fuimos olvidando como “imposibles” cuando nos volvimos limitados, pero que el Corazón los guardó, porque en ello “le va la vida”. Esos ideales que dejan expresar nuestros dones, nuestras virtudes, que nos llevan hacia lo que nos atrae, nos enamora, lo que nos encanta. ¡Y vamos a fundirnos con ello! Es allí, cuando nos hemos quitado alguna coraza.
Está todo por hacer.
“La corazonada le da ese brillo elegante del detalle, del humor, de la alegría, a todo lo que podemos descubrir y aprender” J.L.P.

